Al final, el lector
Armando Coll
A la figura manida del escritor ante la página en blanco, cabe oponerle la del lector ante la página siempre colmada. El lector goza así de un privilegio que contrasta con la miseria de quien se empeña en escribir sin poder. Mientras éste no avanza y se instala en la nada, el otro fluye entre la tipografía, el universo que depara el papel entintado.
Medito estas líneas mientras busco afanosamente un libro en mi biblioteca que al no contenerse en los anaqueles se derrama por los rincones de la casa.
Se trata de El último lector de Ricardo Piglia.
Pasa con frecuencia: eso de tropezar constantemente con el lomo de un libro y justo cuando se desea leerlo ya no está. No aparece.
Uno juraría haber tenido el libro anhelado ahí al alcance de la mano. Y ahora pasa que no está. ¿Estuvo alguna vez, acaso? Y ahí empieza la duda entre el sueño, la ilusión y la desmemoria.
Creo recordar con precisión dónde lo compré. Recuerdo su ficha bibliográfica que confirmo vía Google: Colección Narrativas Hispánicas, Anagrama, 2005.
En busca de un libro súbito improbable, se inicia entonces, otra forma de leerlo, un ejercicio de lectura entre la impaciencia de hallar el título buscado y topar con otros olvidados tal vez. Encuentro otro volumen de Piglia, también de Anagrama: Crítica y ficción. Lo ojeo por un rato. Me pregunto ¿dónde estará Respiración artificial, lo primero que leí del novelista argentino? ¿dónde, Plata quemada, su famosa novela de “no ficción” que narra los hechos violentos del asalto a un banco y el posterior acoso y captura de los delincuentes?
Tengo la certeza de cuál es el título que busco, mas titubeo sobre la apariencia: es de la editorial Anagrama, pero ¿será de los de cubierta crema o gris?
Veo la portada del libro perdido en Google image: para nada es como la recuerdo. Y es porque la imagen elaborada de la lectura que en algún momento hice del libro en cuestión no coincida con la portada concebida por el artista gráfico de Anagrama.
La imagen que atesora mi memoria de lector es una nunca vista por mí, sino leída, “descrita” por Piglia: Ernesto “Che” Guevara, encaramado a un árbol, lee un libro, ajeno a la fatalidad que lo acosa en la selva boliviana, donde poco después fuese capturado y asesinado.
Tiempo de leer
En El último lector, Ricardo Piglia, compendia varios ensayos sobre el acto extremo y excepcional de leer. El solo título se antoja una advertencia: pasará que algún día morirá el último que abra un libro y agote sus páginas.
La idea me remite a otra imagen retenida en mis afectos de lector, tan poética como aterradora: los personajes de Farenheit 451, novela de Ray Bradbury, el gran maestro de la anticipación, que se agrupan en la clandestinidad para memorizar palabra a palabra la biblioteca de la Humanidad, los libros que el horror totalitario hará desaparecer en hornos a altísima temperatura. Inevitable el símil con la famosa frase de Heinrich Heine: “Allí donde se queman libros, se termina quemando hombres”. De quema de libros y gente ya la Humanidad está bien enterada como para que no se repita. Pero, en forma diversa, la persecución a la sabiduría y el ansia de destruirla persisten.
La imagen del Che Guevara leyendo, no en balde objeto de la reflexión de su compatriota Piglia, habla de lo que pudo ser y lo que habría podido evitarse. Aquel hombre dispuesto a matar y que mató y se dejó matar por sus ideas, se permitía leer, despojarse de su investidura histórica de revolucionario y ceder al solaz solitario de la lectura, incluso en medio de la selva y rodeado por el enemigo, montado a un árbol como el primer hombre.
La fascinación que produce este documento fotográfico obviamente desdeñado por las historias oficiales, la pomposa idealización del legendario guerrillero, tiene que ver con un humanismo profundo. Ante todo, el hombre se debe a sí mismo, a su dimensión y condición humana, a los atavismos nutricios del amor, del que la lectura tributa.
Leer también puede ser una urgencia, incluso antes de la batida final.