Modos Menores

Cuando en la escala, la tercera es de tono y medio con respecto a la tónica.

TO MARCUS AURELIUS by Zbigniew Herbert

 

 

To Professor Henryk Elzenberg

 

Good night Marcus put out the light

and shut the book  For overhead

is raised a gold alarm of stars

heaven is talking some foreign tongue

this the barbarian cry of fear

your Latin cannot understand

Terror continuous dark terror

against the fragile human land

begins to beat

It’s winning

Hea its roar The unrelenting stream

of elements will drown your prose

until the world’s four walls go down

As for us? — to tremble in the air

blow in the ashes stir the ether

gnaw our fingers seek vain words

drag off the fallen shades behind us

Well Marcus better hang up your peace

give me your hand across the dark

Let it tremble when the blind world beats

on senses five like a failing lyre

Traitors — universe and astronomy

reckoning of stars wisdom of grass

and your greatness too immense

and Marcus my defenseless tears

Verás gentes que entienden tan al revés la religión, que
antes tolerarán los màs graves ultrajes contra
Cristo, que una ligera broma acerca de un
Papa o de un rey, sobre todo si en ello les va
el pan”

Erasmo de Rotterdam a Thomas Moro

"El vicio

Todo lo horrible de hacerme perder por días enteros
el equilibrio
lo compensas con la fascinación.
Tú no perdonas a quien eriges, a quien concedes (movilidad
en su pensamiento y conviertes su cuerpo en punto (viscoso.
Basta con que estés conmigo en la anchurosa tierra de
Lautréamont.
Basta con que seas mi compañero de rutas inequívocas.
Basta con tu dureza.
En una época enrarecida, que envuelve,
Te situaste en mí como un punto. Desde entonces,
he tratado de comprender por qué has ocupado en mí
(la soberanía
del doble,
he tratado también de vivir en un licor inmóvil;
sereno como el reproche.
Por complacerte a ti transito unido a la heroicidad
y a la gloria.
Tú eres el vapor conciso que prohíbe soñar.”

José Barroeta

“En lo que concierne a Musavi (líder opositor iraní), parece ser que una vez que los yugos mentales del miedo han sido rotos, son difíciles de imponer nuevamente. Pero los gobiernos revolucionarios son criaturas duras como el acero y tienen garras afiladas; el régimen de Ahmadinejad no está al borde del colapso”.

Robert Fisk
2009

Publicado en El Mundo E&N

Crónica a nado

 

Por difusos motivos, la gran literatura firmada por puertorriqueños poco se conoce en el continente. Uno de sus novelistas, Edgardo Roríguez Juliá, es un maestro de la crónica, como pocos. Tal vez la mejor forma de escribir sobre su nación sea desde mar adentro

 

Armando Coll

Cada 25 de julio las conmemoraciones nacionales de Puerto Rico forman corrientes profundas en la Bahía Guánica, allí donde el novelista Edgardo Rodríguez Julia dice que “ancló la Historia”.

Sobre esa bocanada de océano arribaron el 25 de julio de1898 los buques de la armada yanqui que hicieron que la isla pasara de manos del Imperio Español al de América. De forma incruenta, sin bajas.

Visto que de entre los promontorios no había aviso de resistencia española alguna, las naves fondearon y la tripulación bajó a tierra. “El silencio seguía perfecto, sólo se oía el vaiven de las olas y el vuelo de alguna gaviota mañanera”, recrea Rodríguez Julia la epopeya.

También informa el cronista que los gringos no tardaron en nombrar jefe de policía al primer negro que les salió al encuentro, Simón Mejil, y a un vasco que hacía de alcalde español de Guánica, Agustín Barrenechea, le pidieron que siguiera en funciones pero ahora bajo el dominio de los Estados Unidos.

Un 25 de julio de 1952 se inauguró el Estado Libre Asociado; y tal día como ese pero del año 1978, un grupo de estudiantes pro-independentistas que intentaron un sabotaje en las torres de comunicación del Cerro Maravilla fueron asesinados a sangre fría por agentes de policía. Es así que la múltiple efémeride convierte al poblado de Guánica en la encrucijada de pareceres que anima el debate político de Borinquen.

Peregrinan hacia la bahía, marxistas e independentistas donde se agrupan para vocear consignas contra el imperialismo y la actuación criminal de la policía en el caso citado, mientras las autoridades locales alguna celebración convocan para reafirmar la condición de Estado Libre Asociado. Otros van simplemente a nadar; o más exactamente, entregarse a la hazaña de cruzar mar adentro las históricas aguas en una competencia organizada por varios clubes de playa. Uno de esos nadadores solía ser (me pregunto si todavía se anima a hacerlo) Edgardo Rodríguez Juliá.

Narrar en el mar

Durante la década de los noventa, el novelista y cronista Edgardo Rodríguez Juliá visitó en varias ocasiones Caracas. Recuerdo una vez que se alojó en el Hotel Hiltón y se permitió por cuenta propia recorrer los alrededores (primera cosa que todo cronista de raza hace al llegar a una ciudad desconocida, recorrerla sin aúrigas ni comentaristas).

Le llamaba la atención el “clima de parroquia” que decía se conservaban en esas cuadras circundantes a Bellas Artes y que, según decía, ya no era frecuente en San Juan de Puerto Rico. Me intriga qué sentiría si volviera a pasear por esas calles ahora.

El escritor puertorriqueño encarna una condición poco frecuente entre sus colegas hispanoamericanos; su habla y sus textos evaden toda épica y se decantan por esa ironía dulce que Fernando Savater atribuye a la Gioconda.

No va de heroicidades el imaginario de Borinquen sino de hondas identidades, reconocibles en su música, sus sabores, su paisaje y cotidianidad.

Del amplio corpus, entre la novela y la crónica, de Edgardo Rodríguez Juliá (Río Piedras, 1946) los más recuerdan su famosa pieza Una noche con Iris Chacón (Editorial Antillana, 1986), pero las crónicas reunidas en El cruce de la Bahía Guánica (Editorial Cultural 1989) en particular la que da título al volumen, revelan la originalidad de los procedimientos de este cronista para acercarse, registrar y comentar la realidad.

El cronista escribe desde el agua, mar adentro, su percepción y sensibilidad sometidas a las condiciones difíciles del nado de larga distancia: “…hoy, a pesar de los lentes de contacto y la casi nitidez con que veo las cosas del malecón de Guánica –como seguramente las vieron los americanos al invadir un día como hoy—apenas distingo la boya roja que debemos rebasar”.

Cada cronista se vale de procedimientos diversos para mantener el punto de mira, la distancia debida y la cercanía emotiva que el género demanda. Pero, no hay duda de que este escritor nacido y curtido en una isla, se ha hecho de un método irrepetible. Nadar es una crónica.

La periferia de Dostoievski

La periferia de Dostoievski

Armando Coll

Un par de semanas atrás la casa editorial Páginas de Espuma lanzó simultáneamente en España y México Diario de un escritor, 1600 páginas colmadas con la prosa periodística y casual, periférica del arte novelista de Fiódor Dostoievski. Reporta el portal informador.com.mx: “Se trata tanto de artículos, crónicas, críticas y demás escritos que Dostoievski firmó antes de que en 1847 se publicara este famoso diario, como de los posteriores a esa fecha, junto con una amplia selección de sus cuadernos de notas”.

Es la primera vez que este corpus dostoievskiano aparece traducido al castellano, gracias a la labor del experto en literatura rusa Paul Viejo.

No sé si la demora en ofrecer tan invaluable material al lector hispanohablante se deba al mismo prejuicio o desdén, quién sabe si muy castizo, de desconsiderar, apartar, dejar para cuando haya tiempo y tinta y papel de sobra en las imprentas, la obra periodística de los grandes autores: caso paradigmático en “nuestra América” la omisión institucional de Cuba hacia las crónicas y demás escritos con los que el mayor de sus escritores se ganaba la vida al publicarlos en diversos diarios hispanoamericanos, entre otros, La Opinión Nacional de Caracas. Hablo de José Martí. Cuando por ejemplo, la Biblioteca Ayacucho, encargara a los escritores cubanos Cintio Vitier y Fina García Marruz, el volumen correspondiente al gran autor y héroe tutelar de Cuba, lo limitaran a su “obra literaria”, que descartaba su monumental labor periodística, que ahora circula y es referencia obligada gracias al tesón de la periodista y ensayista venezolana Susana Rotker (1954-2000).

Pasa que en esa escritura periférica de grandes poetas y novelistas aguardan muchas claves de la “obra mayor”. Lo que escribieran sin ningún propósito trascendente, no obstante, trasciende al ser animado por un mismo espíritu, un impulso parecido y, last but not least, un oficio: el de escribir.

Dostoievski como casi todos los autores principales del realismo finisecular, prestó su pluma a las apresuradas páginas de las publicaciones periódicas. Documenta informador.com.mx: “Cuando ya era un escritor ampliamente conocido fue nombrado director de la revista El Ciudadano, donde comentaba y denunciaba la injusticias y los acontecimientos de la Rusia del XIX (…)Un año después, y por desavenencias con el dueño de la revista, interrumpió sus escritos y en 1876 fue él mismo quien financió un cuadernillo especial que editaba cada mes y en el que plasmaba sus pensamientos y opiniones sobre política europea, comentaba aspectos cotidianos o desarrollaba la critica literaria, como la que escribió dedicada a Anna Karenina”

Puertas adentro

Sirva la noticia editorial de pre-texto para volver a J.M. Coetzee, el gran maestro de la novelística contemporánea, al que profeso especial apego desde que lo descubrí mucho antes de que se hiciera con el Nobel, por inducción de Alberto Barrera, (me obsequió Desgracia, novela que no he podido evitar leer varias veces).

Coetzee se caracteriza por montarse en empresas literarias poco comunes. En Foe (Random House Mondadori, 2004) rescata la trama del Robinson Crusoe de Daniel Defoe para voltear la perspectiva narrativa: es esta vez el personaje el que mira al autor y lo convierte en sombra novelesca.

Luego de leer Desgracia, ansioso recorrí los anaqueles de las librerías de Caracas, hasta que topé arrumada e ignorada en Tecni Ciencia, una edición de bolsillo de El maestro de Petersburgo. Coetzee no estaba de moda aún por estos lados.

Quedé todavía más deslumbrado con el arte del sudafricano: el protagonista de la narración es Fiódor Dostoievski, visto en su dimensión más íntima con las licencias de la ficción. Se muestra al gran escritor ruso en su escala humana, en su condición de hombre común entre la miseria y la redención, agobiado por sus deudas de juego y la muerte de su hijo Pavel (he ahí un atajo a la ficción que prescinde de la historia documental)

Coetzee escribe esta novela con su prosa, pero el clima, el claroscuro, la penumbra de la Rusia soterradamente resquebrajada mucho antes de la Revolución Bolchevique está presente y a ratos da la sensación de que se está leyendo al propio Dostoievski. Es muy probable que Coetzee haya leído esos diarios que ahora se publican por vez primera en la lengua de Cervantes.

NY…I de Guillermo Suárez. Muestra fotográfica en El Tolón

Detrás del vértigo

 

No en balde el lugar común la señala, la Babel de Hierro; Nueva York es el lugar en el que los idiomas del mundo se pierden y suben al cielo como un solo, unánime bramar, el aliento de la urbe total.

Nueva York es a la Modernidad, lo que Roma a la Antigüedad; vórtice de todos los humanos comercios, mercado mundial de especias y almas.

Meca artística por excelencia, la llamada Gran Manzana, sus entrañas y periferias, atrae a creadores de todos los rumbos, desde Lorca hasta Lennon.

La ciudad que trama la novelística de Dos Pasos y la entonación de Ginsberg, no es sólo vértigo y tumulto. También resguarda rincones, claroscuros, soledades y sosiegos insospechados, esos que Guillermo Suárez registra en sus tomas, para sacar del laboratorio el lado más lírico de su vocación y oficio de fotógrafo.

 

Armando Coll

Mi artículo de esta semana en El Mundo E&M

Una canción, muchos cuentos

 

Uno de los clásicos del pop compuestos por el británico Peter Gabriel tiene su origen en el relato que le hiciera un humilde portero de origen apache, al parecer. El músico quedó impactado por un imaginario que nutre la riquísima narrativa contemporánea de los nativos de América

 

Armando Coll

 

Peter Gabriel cuenta versiones diferentes de la experiencia que le inspiró una pieza de ripios electrónicos y clima misterioso en la que predominan líneas del bajo: “San Jacinto”. En la fecha final de la gira de 1986 Amnesty International A Conspiracy of Hope Tour en el Giant Stadium de East Rutherford, Estados Unidos, el cantante y compositor introdujo el tema ante la multitudinaria audiencia: “Esta historia me la contó un apache mientras caminábamos por un hotel”.

En el tour de 2009, mucho tiempo después, de paso por Hispanoamérica, Gabriel amplió el cuento con una serie de conmovedores detalles. Esta vez lo relataba en su esforzado español: “Hace muchos años, estábamos de tour por USA y conocí a un hombre que trabajaba como portero en el Midwest Hotel, mientras hablábamos, él se enteró de que su departamento se estaba incendiando. Yo lo llevé porque él no tenía medios para llegar a su hogar. Quiso rescatar su gato y sus posesiones. Cuando se dio cuenta que el gato había salido del lugar, abandonó el intento de rescatar sus cosas y nos quedamos hablando por horas. Me contó que era un indio de Arizona y que cuando tenía catorce años había sido iniciado como un guerrero bavaro. Había sido llevado a una montaña por uno de los ancianos. Cuando llegaron a la cima, el anciano tomó su bolso, sacó una serpiente de cascabel y vertió el veneno sobre su brazo. Fue abandonado por su cuenta, alucinando. Si después de semanas regresaba vivo se convertiría en un guerrero…Esta es la historia que inspiró San Jacinto”.

Entre los hipnóticos arpegios electrónicos fluyen los versos con los que Gabriel fantesea la experiencia irrepetible de su amigo piel roja: “Frágiles nubes/vapor que se alza/en la cabaña, el silbido de la piedra, la transpiración y el fuego a mi alrededor…El chamán me conduce por el pueblo/la tierra de los indios queda atrás/los jardines bien cuidados de cada casa/una piscina/niños con salvavidas se refrescan…Geronimo’s disco…Toro Sentado Steak House…sueños del hombre blanco…Me mantengo en la línea de fuerza que me permite cruzar el miedo…”.

La gran paradoja que aloja el relato e ilustran los versos de la canción es la del nativo americano y su cultura en medio de la modernidad.

El fiero guerrero bavaro, iniciado tras vencer la muerte del veneno reptil, termina empleado como un humilde portero de hotel que vive en un pequeño piso con su gato y unas pocas pertenencias.

El tránsito del niño apache, tal como recita la canción de Gabriel, a través de un típico pueblo estadounidense —con su discoteca y su restaurante de carne asada—, rumbo a la cruenta iniciación en una remota montaña, da cuenta de la lejanía, la enajenación que pueda sentir un pueblo originario de América ante el progreso y sus fatalidades.

El canto de la tierra

Así sobrevive una cultura, toda cultura, la cultura, el saber atávico y el espíritu de los pueblos ante el aparente vasallaje que le impone una civilización sin alma. En el corazón de un modesto portero de hotel palpita la bravía de un guerrero ancestral, secretamente, estoico y tenaz.

Ese entendimiento inevitable de los pueblos originarios de América del Norte con el mundo desarrollado, sus contradicciones y desgarramientos, es lo que nutre una riquísima narrativa de nativos americanos contemporáneos, que puede apreciarse en la antología El poder de la tierra. Cuentos indios norteamericanos (Montesinos, 1987), a cargo de Simón J. Ortiz.

Sorprende la paleta temática y estilística de este corpus de ficción, entre el más crudo realismo y hasta el surrealismo, nutrido del inagotable imaginario de la tradición oral que anida en toda gran literatura. Como anota el compilador: “Hay un aspecto de la tradición oral que se relaciona directamente con el lugar siginificativo que los mitos, las leyendas y los relatos ocupan en nuestras vidas”.

Sin aspavientos vindicativos, lejos de cierto chato indigenismo, los hijos de los primeros americanos llevan la voz de la tierra y cantan para quien quiera escucharla, como alguna vez hizo Peter Gabriel.

Mi artículo de esta semana en El Mundo E&M

Imperecedero libro

Al libro, parece, le quedan tantos días de vida como a la Humanidad. Las nuevas tecnologías apenas agregan valor a una invención humana insustituible, innegable, imprescindible

Armando Coll

 

Que no se regocije la insaciable arrogancia de la tecnología en el responso por el libro. Las plañideras del vehículo de la cultura por excelencia, sí, el libro en todas sus variantes, ya no conmueven. Es una añoranza antes de tiempo, un luto chusco. La tecnología ha terminado por rendirse ante la supremacía libresca.

Quien se complazca con Twitter, el e-mail, y los sumarios digitalizados de la biblioteca universal, quien crea que así estará debidamente nutrido su intelecto, medrando sólo de la ciberesfera y la proliferación de wikis, de links y poco confiables hipertextos, no será sino un huérfano, puesto que todos esos nuevos soportes que proporciona la tecnología son hijos irredentos, obligados tributarios del libro. El libro les concede el genoma y determinará su función y comportamiento por lo que le quede de vida a la humanidad.

El e-book no es sino un epígono tardío y balbuceante del códex . No nos confundamos. La tecnología sólo agrega valor a un bien insustituible, el libro que, como bien dice Umberto Eco en un título comentado semanas atrás en este espacio representa a la civilización lo mismo que inventos tales como la rueda o la cuchara, el martillo o las tijeras: “Una vez se han inventado, no se puede hacer nada mejor. El libro ha superado la prueba del tiempo (…) Quizá evolucionen sus componentes, quizá sus páginas dejen de ser de papel, pero seguirá siendo lo que es”. (Nadie acabará con los libros. Lumen, 2010. En colaboración con Jean-Claude Carrière y Jean-Phillipe de Tonnac)

Y me permito matizar al gran maestro italiano: ¿acaso esos “nuevos componentes” verdaderamente “evolucionen” el libro?

Por eso hurto el término a las ciencias económicas: valor agregado. La tecnología solo agrega a una función irreemplazable. El e-book vale ante el concepto de libro tanto como la licuadora al del mortero. Facilita la tarea, ¿pero acaso la refina?

El tiempo que uno pasa adaptándose a las innovaciones incesantes del ciberespacio, el cambio continuo de “plataformas” de sitios tan útiles como Youtube se lo sustrae a la irrepetible experiencia que depara tras la portada de un libro de viejo.

No niego que he sido yo el más seducido por las infinitas posibilidades de acceso a la cultura que me brinda internet, pero con igual perplejidad atestiguo la sub utilización que los no-lectores, los que nunca han abrazado un libro, olfateado la piel de sus páginas, el retrogusto de tinta y papel que queda tras una larga vigilia de ensimismada lectura (cuando como sugería Elías Canetti, las pestañas parecen chasquear como para pedir una pausa al ojo insaciable del lector), hacen del monumental medio que anunció el tercer milenio, así como la imprenta partió en dos la historia del Viejo Mundo y dio a luz el Nuevo.

Las nuevas tecnologías no están sino al servicio de una función tan antigua como el homo sapiens; no son sino una extensión ¿McLuhan dijo? de las facultades que definen al hombre desde que existe sobre este adolorido planeta.

Innovación, repetición

Esa noción sobrevalorada tal vez desde la Revolución Industrial, la innovación, muchas veces no agrega otra cosa que nuevos hábitos de consumo ¿el medio es el mensaje, diría McLuhan?

¿Será que me veré en el trance de rematar los libros viejos que acumulo en casa para juntar los 300 dólares que vale un lector de libros electrónicos (y vaya que sí quiero uno)?

Pero, un momento. ¿Qué hace un compulsivo comprador de nuevas tecnologías con un i-pad si nunca leyó siquiera Las Memorias de Mamá Blanca o El principito, o la Biblia, o si acaso las novelitas seriales de Mickey Spillane, entre otros sucios paper-backs que uno compraba en cualquier kiosco?

Puede que aquel portador del lector de libros electrónicos (el famoso Kindle de Amazon o cualquier modelo equivalente de la competencia) cuya curiosidad jamás haya sido sacudida por ese infinito que deparan las páginas impresas a lo largo de los siglos, le dé el uso rudimentario que un párvulo pueda darle a su primer libro, ese en el que por vez primera logra juntar las letras del alfabeto y hacer sentido. Como si cada vez que alguien fuese a encender un zipo tuviera que dar el paso gigantesco que dio aquel Neanderthal que en la tiniebla de los tiempos se adueñó del fuego al golpear una piedra con otra. Y así pudo iluminarse, calentarse y cocinar el alimento por cuenta propia.

Mi artículo de esta semana en El Mundo E&M

Al final, el lector

 

Armando Coll

 

A la figura manida del escritor ante la página en blanco, cabe oponerle la del lector ante la página siempre colmada. El lector goza así de un privilegio que contrasta con la miseria de quien se empeña en escribir sin poder. Mientras éste no avanza y se instala en la nada, el otro fluye entre la tipografía, el universo que depara el papel entintado.

Medito estas líneas mientras busco afanosamente un libro en mi biblioteca que al no contenerse en los anaqueles se derrama por los rincones de la casa.

Se trata de El último lector de Ricardo Piglia.

Pasa con frecuencia: eso de tropezar constantemente con el lomo de un libro y justo cuando se desea leerlo ya no está. No aparece.

Uno juraría haber tenido el libro anhelado ahí al alcance de la mano. Y ahora pasa que no está. ¿Estuvo alguna vez, acaso? Y ahí empieza la duda entre el sueño, la ilusión y la desmemoria.

Creo recordar con precisión dónde lo compré. Recuerdo su ficha bibliográfica que confirmo vía Google: Colección Narrativas Hispánicas, Anagrama, 2005.

En busca de un libro súbito improbable, se inicia entonces, otra forma de leerlo, un ejercicio de lectura entre la impaciencia de hallar el título buscado y topar con otros olvidados tal vez. Encuentro otro volumen de Piglia, también de Anagrama: Crítica y ficción. Lo ojeo por un rato. Me pregunto ¿dónde estará Respiración artificial, lo primero que leí del novelista argentino? ¿dónde, Plata quemada, su famosa novela de “no ficción” que narra los hechos violentos del asalto a un banco y el posterior acoso y captura de los delincuentes?

Tengo la certeza de cuál es el título que busco, mas titubeo sobre la apariencia: es de la editorial Anagrama, pero ¿será de los de cubierta crema o gris?

Veo la portada del libro perdido en Google image: para nada es como la recuerdo. Y es porque la imagen elaborada de la lectura que en algún momento hice del libro en cuestión no coincida con la portada concebida por el artista gráfico de Anagrama.

La imagen que atesora mi memoria de lector es una nunca vista por mí, sino leída, “descrita” por Piglia: Ernesto “Che” Guevara, encaramado a un árbol, lee un libro, ajeno a la fatalidad que lo acosa en la selva boliviana, donde poco después fuese capturado y asesinado.

Tiempo de leer

En El último lector, Ricardo Piglia, compendia varios ensayos sobre el acto extremo y excepcional de leer. El solo título se antoja una advertencia: pasará que algún día morirá el último que abra un libro y agote sus páginas.

La idea me remite a otra imagen retenida en mis afectos de lector, tan poética como aterradora: los personajes de Farenheit 451, novela de Ray Bradbury, el gran maestro de la anticipación, que se agrupan en la clandestinidad para memorizar palabra a palabra la biblioteca de la Humanidad, los libros que el horror totalitario hará desaparecer en hornos a altísima temperatura. Inevitable el símil con la famosa frase de Heinrich Heine: “Allí donde se queman libros, se termina quemando hombres”. De quema de libros y gente ya la Humanidad está bien enterada como para que no se repita. Pero, en forma diversa, la persecución a la sabiduría y el ansia de destruirla persisten.

La imagen del Che Guevara leyendo, no en balde objeto de la reflexión de su compatriota Piglia, habla de lo que pudo ser y lo que habría podido evitarse. Aquel hombre dispuesto a matar y que mató y se dejó matar por sus ideas, se permitía leer, despojarse de su investidura histórica de revolucionario y ceder al solaz solitario de la lectura, incluso en medio de la selva y rodeado por el enemigo, montado a un árbol como el primer hombre.

La fascinación que produce este documento fotográfico obviamente desdeñado por las historias oficiales, la pomposa idealización del legendario guerrillero, tiene que ver con un humanismo profundo. Ante todo, el hombre se debe a sí mismo, a su dimensión y condición humana, a los atavismos nutricios del amor, del que la lectura tributa.

Leer también puede ser una urgencia, incluso antes de la batida final.